El Rincón de Maite

viernes, enero 27, 2006

Cartas desde el infierno

“El día 23 de agosto de 1968 me fracturé el cuello al zambullirme en una playa y tocar con la cabeza en la arena del fondo. Desde ese día soy una cabeza viva y un cuerpo muerto. Se podría decir que soy el espíritu parlante de un muerto.

Si hubiese sido un animal, habría recibido un trato más acorde con los sentimientos humanos más nobles. Me habrían rematado porque les habría parecido inhumano dejarme en ese estado para el resto de la vida. ¡A veces es mala suerte ser un mono degenerado!.

Dicen los técnicos de la medicina, y se lo confirman los políticos, jueces, juristas y demás castas asociadas para formar el inhumano estado del derecho y bienestar –sería más coherente llamarle del revés y del malestar-, que un tetrapléjico es un enfermo crónico.

Si se utilizase el lenguaje con precisión, sería menos engañoso afirmar que un tetrapléjico es un muerto crónico.

¡No me gusta hacer el papel de muerto crónico en esta comedia del vivir para sobrevivir en función de la picaresca del lenguaje técnico!.

Considero que un tetrapléjico es un muerto crónico que tiene su residencia en el infierno. Allí –con el fin de evitar la locura- hay quien se entretiene pintando, rezando, leyendo, respirando o haciendo algo por los demás. ¡Hay gustos para todo!. Yo me he dedicado a escribir cartas. Cartas desde el infierno.
Que nadie busque una línea metódica en esos escritos. Todos son como variaciones sobre un mismo tema. Una idea sola. Una sola pasión.

Me interesan, sobre todo, la libertad del ser humano y todo cuanto gire alrededor de la vida, el amor y la muerte. Así como los tres sentidos que psicológicamente determinan nuestra existencia, las creencias, el pensamiento y la conducta: el placer, el dolor y el temor.

El día que la ciencia dio por imposible curarme la parálisis, pensé, con la desesperación del animal atrapado en la trampa infernal de algún cruel y despiadado cazador, en la bondad de la muerte. ¡La caridad bien entendida comienza por uno mismo!. Pero este principio moral parece que sólo lo entienden los políticos, jueces, religiosos, médicos, cuando se trata de aumentar sus salarios para cobrar el bien que hacen por la humanidad.
Al principio, sólo piensas en liberarte. Sólo hay dos alternativas: convertirte en un ser absurdo, se lo que no deseas ser, un habitante del infierno; o ser coherente con la utopía de la vida. Liberarse del dolor, buscar el placer a través de la muerte. Me decidí por la liberación, no como lo negativo, sino como lo positivo: buscar algo mejor.

Lo primero que expresaron mis padres cuando les dije que deseaba la muerte fue que ellos me preferían así a perderme para siempre. No hay forma de escapar, la gente no quiere tocar el tema. Le ley prohíbe. Y el “¡yo no soy capaz de prestarte la ayuda que me pides!” prevalece como la voluntad de una ley invisible sobre la personal.

Esa fue la primera vez que me encontré con el muro impenetrable del paternalismo bienintencionado. No quiero decir que mis padres, familiares y amigos no sientan lo que afirman, lo que digo es que no tienen el derecho de que prevalezca su deseo y voluntad sobre los míos.

A principios de 1990, consigo la colaboración para una eutanasia discreta. Pero, ante la evidencia, sale a relucir el autoritarismo. Entonces, ya no es: “¡yo no puedo!, “¡a mí no me pidas!”, sino: “¡yo no quiero!”, “¡yo prohíbo!”.

Acudí entonces a los jueces y sucedió otro tanto: “yo no soy competente”, o la falta de forma. Al final el insulto de los dogmáticos fundamentalistas de la creencia ciega en el sufrimiento purificador: ¡cobarde, si quieres morirte muérete, pero déjanos en paz y no ofendas a dios!.

Parece que nunca se les ocurrió pensar que ellos son el fracaso de la razón, y no yo.

En abril de 1993 tomé la determinación de reclamar la eutanasia como un derecho personal. Nunca me había imaginado tanto terror y supersticiones ocultas. Parece como se si hubiesen conjurado todos los necios de la tierra para hacerme desistir de seguir por ese camino. Según ellos, voy errado.

No me guía otro interés que el demostrar que la intolerancia del Estado y la religión son como una idea fija. Son los enemigos naturales de la vida y los responsables de la destrucción del hombre como individuo.

Dice uno de sus colaboradores: esto es nuestro fracaso, no supimos darle motivos para vivir. Unos se sientes ofendidos porque rechazas el ofrecimiento de la protección de su dios. Los otros porque les desprecias sus paliativas e inútiles ciencias.

Después de haber oído cosas tan absurdas como las siguientes, sólo nos queda escribir Cartas desde el infierno.

¿Quieres sanarte?, pregunta uno.
Claro que sí, respondo.
Pues ruégale a Dios, que si lo haces de verdad te sanaría.
Pero si Dios ya sabe que lo deseo de verdad, ¿por qué tengo que pedírselo?.
Yo te aprecio mucho, dice alguien. ¿Me crees?.
Sí, ¿y qué tiene que ver que me aprecies mucho o muchísimo, y yo también a ti, si eso no cambia la realidad?.
Tú renuncias a vivir. Eres negativo, destructivo, asegura el sabihondo.

Esta mentalidad entre dominante y lacayuna resulta tan ridícula que sólo a un ser absolutamente degenerado puede resultarle natural ese comportamiento humillante.

¡Si no fuese por vuestras taras, no seríais lo mismo!.

¿Serías tú lo mismo si no fueses tetraplégico?. ¿Habías reflexionado sobre las mismas cosas?.

Claro que no, el individuo es siempre él y su circunstancia. Pero si necesitas la visión, o vivencia, del horror para elevarte y crecer espiritualmente, humanizarte y ser ética y moralmente superior, mírate a ti mismo. Tú puedes estar incapacitado para amar, pero no justifiques por ello el horror de los demás. ¡Para entender el dolor no es necesario vivirlo!.

¡Sólo a una garrapata se le ocurriría decir que el deber de su perro es sufrir!.

El autoengaño del ser humano ante la muerte lo ha llevado a tal sin razón que la niega racionalmente. No se le enseña el sentido de la muerte. Y la estrategia dominante de los maestros se ha convertido en una forma de cultura parasitaria.

Está bien que alguien no quiera oír hablar de la muerte, pero hacer creer que la persona, o personas, que piden el derecho a decidir el final de sus vidas, lo que en realidad están pidiendo es que se les demuestren cariño, sólo pone de manifiesto que son los maestros del engaño los que se están engañando a sí mismos. Lo que éticamente cabría hacer sería concederle a cada persona la libertad que reclama. Es decir: pedid y se os dará. Si llevan a cabo lo que dicen desear, no hay autoengaño, y si no lo hacen, sí. Esta sería la única forma de no manipular la verdad. De no crear infiernos desde donde la única libertad que nos queda es la de escribir cartas, que pueden ser dramáticas y aterradoras u optimistas y de autoengaño. Y así el condenado se distrae pensando que en el infierno, a pesar de todo, no se está tan mal".


Prólogo "Cartas desde el infierno" de Ramón Sampedro

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